22 feb. 2009

El colmo


Llueve y parece que hasta las certezas a veces dudan.
Como si fueran yo. O vos. O certezas.
Eso pensaba esta tarde, cuando gastaba los restos de tu olor en mi ropa.
Es que yo estaba tan segura de todo que no dude en hacerle frente a tu presencia.
Ya resuelta, me acerqué a tu tristeza y ya cansado decidiste quedarte. Y tenías miedo en las manos y el alma en pena.
Y otra vez "...pero a los ciegos no le gustan los sordos..." y vos mirabas. Y yo quería escuchar tu abrazo. Y me rendí a tus ojos de pérdida y a tus manos que me conocen el gozo.
Traicioné a las certezas por mentirosas y me olvidé de lo que sana por estar ausente.
Y otra vez tu cama perfecta. Y esta vez mis ojos cerrados y yo culpable de haberle sido infiel a todo lo que nunca me diste.
Y nos dormimos con el secreto a voces y desalmados.
Sabiendo que ni el colmo de la hipocresía puede hacernos dudar.
Abrazados como si fuera para siempre.
Negándonos a lo que nunca hubo y a los besos que no nos dimos.
"Pensé que ya no me querías" le dijiste cruelmente a mi olvido.
"Yo también" te contesté mentalmente en silencio.

"...Pero a los ciegos no le gustan los sordos..."
Y vos me mirabas. Y yo quería escuchar tu abrazo.
Esta noche supestamente, yo empiezo a querer Otro.

Pero sigo escribiéndote a vos.