26 dic. 2007

Armando una mujer


Pasó la fiesta, pasó la navidad y la promesa. Pasó casi diciembre. Y queda este día de silencio. La ciudad esta dormitando algunas pesadillas. Meciéndome al sol de mi balcón las horas se me escurren mudas y conformes. Busco lo que tengo. Y a veces pienso en la soledad tan necesaria y en el estado de coma en el cual interné algunas expectativas. En la falta de letras y de sueño de las ultimas noches.
Los festejos que siguen prometiendo y el silencio de este día. La mudez en la que decidí ahogar a mi teléfono. Los mensajes que lo rescataron. Y la nada que llegó diciendo que vino sólo de vacaciones. Sensaciones encontradas, el recuerdo apenas recordable de aquella navidad lejana y odiosa en la que me escapé de un infierno de juguete para vivir una vida que me estaba robando a mí misma. Y ese día mientras me escabullía entre fuegos artificiales apagados; llevandome ningún equipaje y un golpe a cuestas elegía sin saber, transitar la impertinencia de la soledad (¿me prestás la palabra Sib?). Y no es una soledad que atormenta ni que recluye. No es la soledad que te deja sola, triste, abatida y sin amigos, ni romances. Es otro tipo de soledad. Es la que se elije, la que sitúa, la que me tira de la oreja antes de caer en las tramperas que me pongo a mi misma. La soledad que salva. Impertinente y repetidamente salva. Me saca de los pelos de manos bruscas, de ojos esquivos, de llamados ausentes, de amigos ficticios. Es ese tipo de soledad que me dice "Mejor conmigo que mal acompañada, no hagas nidos en almas prestadas, no te duermas en camas vacías, no te abraces a promesas chiquitas"
Y es cierto, no discuto, que a veces las ganas de jugar al amor tientan. Pero es cierto también que esta soledad no es tan mala consejera. Porque pasado el instante queda la ausencia, pasada la pasión pocas veces quedan ganas, pasada la noche siempre quedan pocas mañanas. Lo demás se me torna a veces medio ficticio. Es que no me acuerdo de como era eso del amor. Y no me pesa. O al menos no demasiado. Me genera quizás un poco de curiosidad. Y pueden parecer estas letras un tanto patéticas, escritas por una mujer solitaria e infeliz y sin embargo descubro a cada instante que no es así. Hay tras estas lineas una mujer terrenal. De raíz. Emergiendo casi siempre. Resguardándose, es cierto pero andando. Hay una mujer escribiendo, tratando de abrirse paso, dejando de lado de a poco el silencio. Intentando encontrar por donde, de que forma, a que ritmo, con que pasos. Mujer que de a momentos queda vacía y llena de nada y que de a ratos se llena, que va con risa, tragándose cada tanto algunas chifladas lágrimas, cargando cada vez menos mochilas.
Pasó la noche, pasó la fiesta, queda la vida y esta mujer que voy armando, con tardes solitarias y noches encendidas. Con varias mañas y muchas vueltas, con pocos sueños y muchos amigos, con ningún amor y algunas caricias. La mujer que voy armando ya tiene forma, alma y sobre todo vida.