13 dic. 2008

Restos

Madrugada cerrada. En la habitación se percibe una respiración ajena, casi densa y pesada. Hace un poco de calor pero ella se despierta ahogada. El aire acondicionado respira frescura pero no alcanza.
Apenas despierta se siente ahogada. Un peso le aplasta el alma, la espalda y el sueño y es entonces cuando percibe el abrazo, ese brazo de amor gigante que horas antes le explotó el deseo y minutos después le aseguro el sueño. Como si fuera diminuta e inocente. Como estar a salvo de nada. Horas antes la había amansado y ahora la ahogaba.
A su lado un amador gigante soñaba un sueño impasible y mentiroso y le dejaba en la almohada rastros de desidia disfrazada.
Intentó moverse. Lo hizo lento para no despertarlo, dejando vacío un hueco en la cama. El, a falta de su cuerpo abrazó a la almohada.
Todavía era de noche cuando salió de la cama. Abrió la puerta de la habitación, sabiendo que realidad la esperaba. Acostumbrada a juntar sobras de nada salió a enfrentar al resto de la casa.
En el comedor, el perro la miraba triste y el desorden era mas del que ella esperaba. Le giraba el mundo, le pesaba el alma. No entendía como puede ser capaz de invadirse tanto a si misma.
Y entonces los restos burlones de otra noche inventada. De esas que deberían haber dejado de ser hace tiempo.
En el piso, al costado del sillón, una botella de vino a medio vaciar se acaloraba, desde el cenicero los cadáveres de mil cigarrillos la burlaban. La ropa apilonada, mezclando encajes y hombría. Las agujas de un taco resistían contra el suelo y el látex de un amor descuidado se revolcaba entre orgasmos muertos. Los restos de la explosión. Los símbolos de sus palabras no dichas. El amor no hecho. El cuerpo doliente de gozo. La cabeza iba estallarle. Ella sabía que era mentira, que mientras fuera de noche podría ignorar aquellos rastros de error repetido.
Se acercó entonces al espejo del baño y vio al maquillaje que horas antes la había hecho princesa, transformarse en sapos negros que escapaban al pozo de su alma.
Empapó su cara con agua para ver si podía limpiarse.
Limpiarse el maquillaje de reina y el silencio de esclava.
Lavarse el miedo a que llegue la mañana.
La desgana de volver a la cama.
Quiso arrancarse el olor a coco y a sexo de la piel, el deseo básico del cuerpo y la mudez permanente de la voz de la conciencia.
Por la ventana apenas entreabierta se coló una mínima luz. Asesina de noches equivocadas, la mañana con cara de mala muerte se acercaba. Ella entonces sintió terror, no quería enfrentar el cadáver de la pasión que había quedado diseminada. No quería que con la primera luz todo aquello fuera simplemente un resto de nada. Corrió entonces a la cama.
Él seguía abrazando a la almohada, arropando sus mentiras entre las sábanas. Semi desnuda y aterrada volvió a acostarse rozando gélida su espalada. Entonces él se estremeció, balbuceó algo sobre la hermosura y volvió a abrazarla.
Ella se acurrucó un poco asqueada. Sabía que posiblemente amanecería dormida, pero ahogada y decidió negociar con la amenazante luz de la mañana.
A cambio de unos instantes más de noche y mentira, le prometió al día entregarle su alma. Y enfrentarse más tarde, a los restos macabros de otra historia que tenía que ser enterrada.