10 ago. 2007

MARISA*

Un día de estos, mientras caminaba no se bien por que callecita de Almagro me topé con ella.
No entendí cuándo el mundo dejó que se cruzaran las fronteras tan así por que sí cómo para que ella, viviendo en el sur y yo, viviendo en el norte camináramos al mismo tiempo por esa calle.
Venía de frente a mí. Abrigada con su campera de corderoy y varios kilos menos en comparación a la imagen mental que tenía de ella. Su pelo rubio, finito y suelto sobre la espalda le jugaba volteretas al viento. Estaba algo más crecido de lo que yo recordaba. Su piel seguía igual de blanca y sus ojos menos tristes que en aquellas fotos. Al igual que los míos.
Ciertamente no la reconocí al instante. La había visto venir y no le presté atención pero cuándo se detuvo de golpe frente a mí, no pude no mirarla.
Me miraba con esos ojos verdosos que yo tanto había querido enfrentar alguna vez. Tenía en esa mirada un poco de espanto, un poco de sorpresa y quizás algo de alivio también.
Se acercó. Nos medimos. Nos asustamos. Nos comprendimos. Nos perdonamos.
- Soy Marisa- Dijo ella
- Lo sé- Contesté yo
Su voz me sonó un tanto ancestral, cómo esos susurros que se escuchan aveces en los bosques. No era el timbre de voz que me hubiera imaginado. Sonaba en realidad mucho más amable de lo que alguna vez creí.
Marisa es la ex de mi ex. La que vivía con él cuándo lo conocí. La que "estaba loca", la que "lo maltrataba", la que "lo despreciaba", la que le gritaba, la que se fue una tarde cualquiera con lo puesto, la que volvió otra tarde cualquiera a llevarse el resto de sus cosas, a desvalijar la casa, a dejarlo a él ,"pobrecito", sin tele, sin muebles, sin lavarropas, sin sábanas, sin platos, sin nada.
Marisa, la loca que iba a la policía a "inventar" denuncias por malos tratos, la que se "maquillaba" moretones para mentir "inexistentes" golpes. Marisa la de las fotos escondidas, la dueña de la casa dónde viví, de la cama dónde dormí, de las toallas con las que me sequé, del hombre que me robé. Marisa la odiada, la misteriosa, el fantasma que habitaba aquella casa.
Durante mucho tiempo odié a Marisa. Durante mucho tiempo creí que realmente estaba loca. Hasta que en un momento empecé a comprender. Empecé a transitar los mismos caminos que Mariasa había transitado. Empecé a escuchar los mismos gritos que Marisa había escuchado. Empecé a dejar que pasara todo aquello que Marisa ya había pasado.
Y ahora de repente, de la nada y a destiempo Marisa y yo nos veíamos las caras por primera vez. Así frente a frente, muchos años después.
- Siempre quise conocerte- Dijo ella
- Yo durante mucho tiempo te odié- Dije yo
- Hasta que comprendiste que no estaba tan loca- Dijo ella
- Hasta que me volví loca yo- Dije yo
Entonces Marisa se acercó un poco más. Levantó la manga de su sweater y me mostró una vieja cicatriz en su brazo. Tenía varios puntos de sutura.
- Es del día que me fui. El rompió una ventana con el puño, agarró un vidrio y me cortó. Intenté defenderme pero solo pude rasguñarlo- dijo ella.
En ese instante me acordé. El llegó con un rasguño en el brazo. Le pregunté que pasó. Me dijo que Marisa, la loca, se había ido y que antes de irse lo había intentado golpear. Me acordé que le creí. Por un tiempo largo le creí.
Volví a mirar a Marisa que seguía parada frente a mí. Estaba llorando ella y me dí cuenta que también estaba llorando yo.
-¿Por que lloras?- Preguntó ella
- Por haber sido injusta- Respondí yo
-¿A vos también....?- Quebrándose ella
- Sí- Quebrada yo
-¿Y que hiciste?- Repregunta ella
- Se la devolví. Lo hice sangrar y me fui- Me defendí yo
Marisa me mira un tanto risueña. Casi disfrutando mi respuesta.
- Fue una mierda, igual- Dijo ella
- Sí, pero finalmente él también sangró- Contesté yo
Nos miramos por última vez, casi abrazándonos con los ojos. Yo seguí caminando sin decirle chau. Ella no miró para atrás. Seguiremos siendo dos perfectas extrañas. Dos desconocidas que en distintos momentos de sus vidas vivieron con el mismo hombre, habitaron la misma casa y escaparon del mismo golpe.

*Merece las mayúsculas