¿Vos te sentiste descartable? ¿Vos, que no esperás ni necesitas nada? ¿Vos también te sentiste descartable? ¿O era yo? ¿O no sos vos, soy yo?
Me canso. Hasta acá. Cuánta locura.



(¿Ves el fantasma en la imágen, ves como me enmudece, cómo me vacía y cómo me ata? ¿Ves cómo le disparó a mi cabeza? ¿Entendés?)
3 y media de la mañana. Otra vez se me fue la noche y me perdí en este infinito mundo de navegación intentando encontrarme en alguna página. Y me miro en las fotos y me escucho en la música y me leo en mis viejas letras pero en ningún lado estoy. No soy yo, son mis partes. Y entonces sigo buscándome. Y mientras todos duermen, persigo fantasmas que ya ni si quiera me asustan. Y entonces aparece el recurso fácil pero prefiero evitarlo. Es que empiezo a sentir que esta noche no estoy en ningún lado.
La realidad es que hace frío y que la casa está helada. No, no hay estufas porque se suponía que de ahora en más todas las noches serían primaveras.
Y sigo buscándome, en los rastros que dejé en otras historias, en los viejos escritos, en las antiguas mentiras y tampoco ahí estoy. Entonces empiezo asquearme del olor a cigarrillo que impregna mis poros y recuento los cadáveres que sepulté en mi cenicero después de sentenciar a mi garganta. Son muchos dirías si los vieras y al instante agregarías que ya soy grande.
Sacudo una imagen y voy a tratar de buscarme en las líneas que escribí unas horas atrás, esas que van a dolerte un poquito mañana mientras yo duerma cómo una cobarde. Algo de lo qué soy está escrito ahí. Pero no, no es esa la que soy. Entonces corro a leerme en el principio, cuándo escribí instintivamente y hace un siglo Usted ama y después pegado a eso me encuentro con mi primer recuerdo, con lo de la felicidad con atajos, con el bosque y el lobo hasta llegar finalmente a las imágenes para dos. Y es ahí dónde lloro, un poco por nostalgia un poco por idiota y otro poco por no poder/querer (dirías) ser esa, la simple. La de esa imagen. La que no soy. La que me pasé buscando toda esta puta noche. No hay cenicientas, ni carrozas. Sólo hay una mujer que no encuentra cómo ni por dónde y qué esta noche tiene miedo de irse a la cama y encontrarse con lo que realmente es.
Hace 20 días vi este aviso en el diario. Hoy me estoy mudando. Sola. Feliz.
Disculpen la ausencia, ando viviendo


Lunes 6 de la tarde. Abro la ducha, subo el volumen de la música y me meto a bañar.
La casa esta sola y yo feliz. Con esa felicidad infundada que me apaña últimamente.
El agua muy caliente, cómo a mi me gusta se filtra por mis labios impactando directamente con el tarareo que salía de mi boca. La espuma del shampoo corre carreras por mi espalda y llega invicta hasta mis pies. La música sigue. La felicidad infundada también. Ojos cerrados, pelo revuelto, manos rugosas y a cerrar la canilla.
La toalla blanca, limpia y calentita me abrazó. Envuelta cómo niña envuelta me quedé un rato largo. Aspirando el vapor. Mirándome las piernas, las uñas de muñeca desprolija y en el espejo la cara de varón que siempre me veo cuándo salgo de la ducha.
Crema en el pelo, en las piernas, en los brazos y en el alma. Suave.
Sin cuidado y a medio vestir deambulo por la casa. Cantando esa nueva canción que hoy escuché otra vez.
Cada tanto algún espejo detiene mi andar sin rumbo y hace que le sonría de reojo a mis ojos y a mis formas. Mi cuerpo y yo hemos aprehendido a convivir.
Los parlantes me apresuran para que intente un movimiento de caderas sin que les importe ni un poco lo horrible de mi baile. Bailo un poco esquivándole al frío.
Busco en el revoltijo esos jeans, los cómodos, los de estar tranquila, los del transcurrir. Polera negra resaltadora de ojos y disimuladora de excesos. Básica ella. Básica yo. Las botas de andar la vida y los aros de las violetas le cierran perfecto a esta simplicidad.
Dudo con respecto al perfume. Desisto. No quiero trucos. Esta noche al menos no. Hoy quiero ser simple.
Me hago en el pelo una cola y le doy permiso a algunos rizos para que deserten de las filas de mis horquillitas represoras. Poca luz en mi maquillaje. Mínimo el negro de las líneas de mis ojos. No es tarde de ausencias, no quiero que sea noche de posar. Quiero ser transparente aunque eso me haga dejar mucho que desear.
Sumo unos pesos a mi billetera y vuelvo a cantar la canción. Mi perro-hijo me mira pasar. Me sonríe con su cola y nos ponemos a jugar.
En mi teléfono suena un número que no quiero contestar. Media vuelta más de tuerca y un baile más. Dejo la fiebre de este resfrío en la otra cartera y cargo algo de vergüenza en mi bolsillo de atrás.
La noche está casi tibia. La primera noche tibia del último invierno quizás. Me río sola pensando quién sabe en que. "Y tu débil resistencia, si te miro" canta mi mp3 y entonces vuelvo a sonreír y pienso en cómo sería eso de gritar lo que los ojos dicen y las palabras no pueden hablar. Alguien me espera en una esquina y me sorprende con un libro a medio comprar. Prendo el primer cigarrillo de la primera charla y salimos a caminar. Un nuevo perfume me impregna los sentidos. Huele a irreverencia y a simplicidad.
Irreverente y simple justo así, es cómo esta noche yo quería estar. 
"Es que me das... no sé. Tenés una forma extraña de ser mujer. Tus tacos son demasiado altos, tu escote demasiado profundo, tus ojos demasiado verdes, tu risa demasiado alegre, tu trabajo demasiado rentable, tu independencia demasiado libre, tu desnudez demasiado desnuda, tus lágrimas demasiado escasas, tus uñas demasiado rojas, tu piel demasiado cálida, tu sueño demasiado plácido, tus huidas demasiado prontas. No sé, sos cómo mucha mujer" Dijo él.
"O vos poco hombre" contesté yo.
Llamativamente lo tomó en chiste.
Llamativamente yo no.
Llamativamente recordé que últimamente varios me han dicho que soy transparente.
Llamativamente entre ninguno de ellos estaba él.
¿Llamativamente?
Después, cuándo él ya se había ido con su media hombría a otra parte me perdí en los abrazos de esa otra mirada. Las luces del bar ya estaban apagadas y por la ventana entraba impertinente la mañana.
Me fui a dormir sola. Subida a mis tacos y escuchando lo alegre de mi risa. Con toda mi femeneidad a salvo y el perfume que me dejaron los abrazos de miradas en la piel.
Un día de estos, mientras caminaba no se bien por que callecita de Almagro me topé con ella.
No entendí cuándo el mundo dejó que se cruzaran las fronteras tan así por que sí cómo para que ella, viviendo en el sur y yo, viviendo en el norte camináramos al mismo tiempo por esa calle.
Venía de frente a mí. Abrigada con su campera de corderoy y varios kilos menos en comparación a la imagen mental que tenía de ella. Su pelo rubio, finito y suelto sobre la espalda le jugaba volteretas al viento. Estaba algo más crecido de lo que yo recordaba. Su piel seguía igual de blanca y sus ojos menos tristes que en aquellas fotos. Al igual que los míos.
Ciertamente no la reconocí al instante. La había visto venir y no le presté atención pero cuándo se detuvo de golpe frente a mí, no pude no mirarla.
Me miraba con esos ojos verdosos que yo tanto había querido enfrentar alguna vez. Tenía en esa mirada un poco de espanto, un poco de sorpresa y quizás algo de alivio también.
Se acercó. Nos medimos. Nos asustamos. Nos comprendimos. Nos perdonamos.
- Soy Marisa- Dijo ella
- Lo sé- Contesté yo
Su voz me sonó un tanto ancestral, cómo esos susurros que se escuchan aveces en los bosques. No era el timbre de voz que me hubiera imaginado. Sonaba en realidad mucho más amable de lo que alguna vez creí.
Marisa es la ex de mi ex. La que vivía con él cuándo lo conocí. La que "estaba loca", la que "lo maltrataba", la que "lo despreciaba", la que le gritaba, la que se fue una tarde cualquiera con lo puesto, la que volvió otra tarde cualquiera a llevarse el resto de sus cosas, a desvalijar la casa, a dejarlo a él ,"pobrecito", sin tele, sin muebles, sin lavarropas, sin sábanas, sin platos, sin nada.
Marisa, la loca que iba a la policía a "inventar" denuncias por malos tratos, la que se "maquillaba" moretones para mentir "inexistentes" golpes. Marisa la de las fotos escondidas, la dueña de la casa dónde viví, de la cama dónde dormí, de las toallas con las que me sequé, del hombre que me robé. Marisa la odiada, la misteriosa, el fantasma que habitaba aquella casa.
Durante mucho tiempo odié a Marisa. Durante mucho tiempo creí que realmente estaba loca. Hasta que en un momento empecé a comprender. Empecé a transitar los mismos caminos que Mariasa había transitado. Empecé a escuchar los mismos gritos que Marisa había escuchado. Empecé a dejar que pasara todo aquello que Marisa ya había pasado.
Y ahora de repente, de la nada y a destiempo Marisa y yo nos veíamos las caras por primera vez. Así frente a frente, muchos años después.
- Siempre quise conocerte- Dijo ella
- Yo durante mucho tiempo te odié- Dije yo
- Hasta que comprendiste que no estaba tan loca- Dijo ella
- Hasta que me volví loca yo- Dije yo
Entonces Marisa se acercó un poco más. Levantó la manga de su sweater y me mostró una vieja cicatriz en su brazo. Tenía varios puntos de sutura.
- Es del día que me fui. El rompió una ventana con el puño, agarró un vidrio y me cortó. Intenté defenderme pero solo pude rasguñarlo- dijo ella.
En ese instante me acordé. El llegó con un rasguño en el brazo. Le pregunté que pasó. Me dijo que Marisa, la loca, se había ido y que antes de irse lo había intentado golpear. Me acordé que le creí. Por un tiempo largo le creí.
Volví a mirar a Marisa que seguía parada frente a mí. Estaba llorando ella y me dí cuenta que también estaba llorando yo.
-¿Por que lloras?- Preguntó ella
- Por haber sido injusta- Respondí yo
-¿A vos también....?- Quebrándose ella
- Sí- Quebrada yo
-¿Y que hiciste?- Repregunta ella
- Se la devolví. Lo hice sangrar y me fui- Me defendí yo
Marisa me mira un tanto risueña. Casi disfrutando mi respuesta.
- Fue una mierda, igual- Dijo ella
- Sí, pero finalmente él también sangró- Contesté yo
Nos miramos por última vez, casi abrazándonos con los ojos. Yo seguí caminando sin decirle chau. Ella no miró para atrás. Seguiremos siendo dos perfectas extrañas. Dos desconocidas que en distintos momentos de sus vidas vivieron con el mismo hombre, habitaron la misma casa y escaparon del mismo golpe.
*Merece las mayúsculas
La noche parecía aburrida. Aburrida y afiebrada. La bronquitis que me dejó la estadía en lo de Hernán y Mel(*) afirmaba que mi temperatura seguiría en ascenso. Había suspendido algunos planes y todo indicaba que más tardar 12.30 estaría en la cama. Era mi última noche en "la casa del terror" y me decidí a pasarla con el antifebril en una mano y el caloventor en al otra. Entonces un llamado y él. él sin mayúsculas. él. Mínimo. él y sus " tengo ganas de verte" (otra vez); yo y mi "no me siento muy bien"; él y su "¿que te pasa, dónde estás, te voy a buscar?"; yo y mi "no hace falta, es sólo fiebre".
Cuatro insistencias y veinticinco minutos después él tocaba el timbre de la "casa del terror". Yo bajé a abrirle con mi fiebre en 39.3 y un manojo de tiritones. Puso su mano en mi frente y me calmé. En lo que tardamos en subir las escaleras le conté todo que el gato asesino, que el caloventor, que la estufa que prendió Agus, que el agua y su chorrito, que la cama fría y la bronquitis, bla, bla. Entramos al departamento y observó.
Resistiendo los embates del asesino y sin decir palabra cerró todas las llaves de paso, le puso comida al gato, cargó mis valijas en un brazo y mi fiebre en un abrazo y me llevó. él mínimo, ausente, sin mayúsculas me llevó. Yo haciendome la desvalida me dejé llevar. Por una vez me dejé llevar. Juguemos a la princesa en la torre custodiada por un gato-dragón. Jugamos.
Subimos al auto con todo y valijas. Podría haberle dicho que no, podría haberme cuidado sola, podría haberme llevado mi música y mi fiebre a otra parte, podría pero no. Fui.
Llagamos a su casa un ratito después. Me hizo un té, un te cuido, un te curo, un te ayudo. Abrió mis valijas y buscó mi piyama. Fue la primera vez que me acosté vestida en su cama. Temblando yo de miedo le mentí diciendo "es la fiebre". Fue la primera vez que me dormí en su cama sin preguntas. Sin sexo y con pañitos fríos en la frente.
Está mañana desperté una vez más en su abrazo pero nunca me había animado a dormir sobre su pecho.
Otro té. Un mate y otra vez a su pecho a dormir un rato más. Besos en la frente. En las manos, en el pelo. En los ojos y en la fiebre que se fue. El mimo, la charla, el reto "por qué no me llamaste", el sexo de confianza, de juntos. Y después, mil horas después, la realidad. La fiebre otra vez, la necesidad de irme rajando otra vez, escaparme otra vez, acordarme de quién es él otra vez, reconocer quién soy yo otra putísima vez. él. sin mayúsculas. yo también.
Por una noche jugamos a la princesa en la torre. A la mañana el cuento parecía tener un final feliz. No sé si por suerte o por desgracia, a la tarde me acordé que el príncipe azul en general destiñe.
Está noche volví a trasformarme en la mujer maravilla.

PD para seguidores de Sex and the City: Este post se condice con aquel capítulo en el que Mr. Big se enferma del corazón y Carrie va a cuidarlo. El delira de fiebre, baja las defensas y dice "¿Qué estamos haciendo ? y por esa noche son una promesa a futuro. A la mañana siguiente él vuelve a ser cínico. Ella vuelve a ver la realidad.
Up date (31/7/2007): Releyendo este post me encuentro con su pregunta ¿ Por qué no me llamaste? y me surgieron mil respuesta, un millón de respuestas pero cómo siempre...TARDE entonces cómo ya es tarde para contestarle las escribo acá para sacármelas de encima: No te llamé porque que si te llamaba no ibas a venir, porque siempre venís si no te llamo, porque no creo que te importara, porque es el último número que hubiera discado en caso de haberme decidido a discar un número, porque nos unen las ausencias, porque no existe nada que sea "la próxima vez", ni nada que sea "la última", porque si te llamo seguro no hay respuesta y si hay respuesta da lo mismo, porque son sólo momentos, porque no podemos hacer más que lo que hay, porque está todo tan tapado de mierda que ni podemos empezar a hablar, porque nos esquivamos las miradas, porque sólo preguntaste por cortesía y yo respondí con silencio. ¿Por qué no te llamé? Porque no.